sábado, 25 de marzo de 2017

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sábado, 12 de febrero de 2011

Vecinos

Al alejarnos de la ciudad y volver a la naturaleza  sustituimos unos sonidos por otros y ellos nos enseñan, nos ayudan a reflexionar porque no son neutros.
El ulular de la sirena de la ambulancia deja de tener prisa para convertirse en otro mucho más tenue que se repite desde lo alto de  la chimenea por la noche. Es el buho que te acompaña en las horas de insomnio, diciéndote que él va al revés, como tú, que no pasa nada, que todo es normal y es como tiene que ser. Tranquila, dice, sin decir.      
 El sonido de las ruedas sobre el asfalto se convierten aquí en pasos amortiguados sobre la tierra arcillosa del pony que apareció en la sierra el año pasado y que, atado a su cuerda para que no pueda perderse otra vez, da vueltas y vueltas  buscando cómo desatarse de unos lazos que no entiende muy bien, pero que están ahí. Son las reglas del juego del animal domesticado,como tú y como yo.
 Distintos vecinos. Distintas normas y lecciones... tan contradictorias... a veces.



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sábado, 17 de julio de 2010

Detenido en el tiempo


Dos gaviotas vuelan sobre el tejado encalado hacia las salinas. Los cantos rodados detienen a duras penas la arena que se desliza formando pendientes que labran la orilla. Las olas rompen sin descanso sobre los restos del acantilado.
El espacio desde el que observo, detenido en un tiempo lejano, se adentra hacia el horizonte del Delta entre palmeras y acacias.
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jueves, 3 de junio de 2010

FLORES EN EL CAMINO


UN TESORO
El niño sacaba con las manos tierra de un hoyo, a ratos se apresuraba, después paraba y se alejaba un poco como apreciando el efecto para continuar más tarde por el otro lado. ¿Qué haces?, le pregunté intrigada. Busco un tesoro, pero mira ¿sabes? si no lo encuentro hoy, continuaré mañana respondió con una sonrisa entre tozuda y esperanzada y volviendo la cabeza ensanchó un poco más por los bordes. Sé seguro que aquí hay tesoros, estoy seguro...le oí decir mientras me alejaba.
Cerré los ojos y recordé una tarde del mes de Julio con el abuelo Enrique en la Font Roja. Con una diminuta navaja de color azul tallaba un caballo de madera no más grande que uno de mis dedos. Las virutas de la corteza de pino brincaban como inquietas de aquí para allá mientras la figura iba tomando forma. Cuando acabó me la dio mientras decía "Es un tesoro.Úsalo bien".
Cuando anocheció me acerqué al hoyo. Escarbé un poco la tierra y lo dejé allí, sabía que había encontrado su lugar.

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LA SIESTA
Durante las horas de la siesta deambulaba por la casa buscando con qué distraer el tedio. Ni siquiera podía contar con el abuelo que dormitaba en la mecedora del porche con un pañuelo blanco sobre el rostro.
El pañuelo se convirtió al principio en un espectáculo fascinante. Verlo subir y bajar, oscilar en un suspiro detenido y desplegar sus bordes para, casi al instante, contraerse en una mueca que se burlaba de sus deseos, de su disposición a escuchar aquellas historias de países fantásticos a los que sólo se podía llegar tras tres meses de navegación y cuyos nombres nunca conseguía recordar, pero que él le repetía sílaba a sílaba entrecerrando los ojos.
Poco le había costado comprender que a medida que el sueño invadía los rincones y el silencio se apoderaba de todos los labios, ella dejaba de existir para todos los demás.
Ahora ya sabía: ella era otra, no estaba en sus cabezas, ni en sus riñas. No iban en su busca, ni la atemorizaban con castigos si no hacía esto o lo otro.Poco les importaba o mejor dicho nada, a los que metidos en el mundo de los sueños la dejaban ir y venir, abrir cajones, registrar armarios, revolver en la alacena y construir castillos imaginarios en los que dominaba como una tirana. No se enteraban que dormían porque ella deseaba que durmieran para hacer y deshacer, para construir quince mundos, uno por cada escalón que llevaba al armario blanco, allá arriba bajo el tejado.
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jueves, 20 de mayo de 2010

Para ti

Aquí tienes el cuaderno de tapas verdes que durante tanto tiempo has deseado. Me has sostenido tantas veces en esa constante búsqueda que con frecuencia me separa de todos, que te debía que fuera una realidad. Si para ti aún soy un enigma por resolver y eso acucia tu curiosidad, lo cierto es que me gusta este hecho y no quisiera que estas líneas descubrieran demasiado
No es fácil el conocer, pero durante el último verano hicimos más de un descubrimiento juntos, me ayudaste a analizar personajes, a encontrar rincones, a desmenuzar aspectos ocultos en los caracteres. No perdíamos ocasión para ello, y después reías como un niño cuando tu opinión triunfaba. Y así fue hasta el final. Hasta el último minuto en la sala de espera del aeropuerto.
Supongo que recordarás aquella mujer nerviosa que paseaba impaciente arriba y abajo con el paquete de cigarrillos en las manos. El humo ascendía en pequeños rizos desde el cenicero hacia nosotros. Encendía uno tras otro clavando los dientes en el filtro como si quisiera transmitir su ansiedad y liberarse. Aspiraba profundamente antes de expulsar un humo suave y casi imperceptible, y sin tregua lo golpeaba con el índice para hacer caer la ceniza antes de abandonarlo en cualquier parte. Así, iba creando pequeñas columnas que ascendían impregnando el ambiente de un aroma dulzón.
Hiciste entonces una pregunta que fue casi afirmación: “Lo vas a utilizar”. Asentí, saqué el cuaderno de notas y empecé a escribir mientras tú abrías el periódico y te sumergías en las últimas noticias. Entonces estuvimos cerca, más cerca que nunca de alcanzar todo aquello que los humanos buscamos.
Mientras tomaba notas les oí decir: “Anochece ya. Es extraño este retraso”. Palabras repetidas, familiares. Siempre que las oigo me recuerdan a mi madre sentada frente a la chimenea y preocupada por la tardanza de alguno de nosotros. Claro que mi madre nunca ha fumado, ni mordido con rabia, aunque supongo que no le habrán faltado mil razones para ello.
-Fumas mucho. Me dice siempre, y luego, seria, baja la voz y como haciéndome cómplice de su deseo aconseja…” Procura dejarlo, y sobre todo no lo hagas delante de tu padre. Sabes que no debe “.
También entonces pasó algo así, pero tú estabas, como yo lo hacía en esos momentos, viviendo otra vida.
-No deberías fumar de esa manera, te va a perjudicar a ti y a todo el que esté a tu lado. La voz salió del acompañante de la mujer.
-Disculpa, no creía que te molestara.
-Siempre pides perdón por todo. No tienes por qué disculparte. Lo único que debemos hacer, si quieres es esperar. Si se hace demasiado tarde vayamos fuera a respirar o pidamos información para ver la causa del retraso. Tampoco ha dicho en qué vuelo llega y es seguro que no esperará que estemos aquí.
-No cambies de tema. No soy tonta. Pero sí te puedo asegurar que esto no vuelve a ocurrir. Meses sin llamar ni escribir, sin recibir ni una sola noticia de él pasa de todo límite. Y de repente un telegrama y todo arreglado. Pensará que estamos aquí sólo para esperarle.
-Eso es lo que estamos haciendo en estos momentos. No se equivocaría mucho si pensara así.
El hombre había ido bajando paulatinamente la voz, hasta que le interrumpió una mirada airada que exclamó: ¡Sólo! ¡He dicho sólo!
Levanté la mirada por si lo habías oído, pero continuabas leyendo. Quise decirte entonces que no era cuestión de gustos o no, ni tampoco de modos, sino de actitud ante la vida. Quise decirte que había entendido ya que la espera puede ser creativa, serena, y que acabaría con su propio final. Cuando quisiéramos.
La espera ha terminado para ti. Ahí lo tienes y por fin sabrás dónde he estado estos años. Después será otro futuro.
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Todo por tres pesetas

El 93 fue el año de los bolillos.


Uno, dos:
Palillos de boj.
Tuercen sobre el tres,
Y vuelta al revés.


Valencia-Aicante


Se dice que los mejores bolillos eran los tallados en madera de boj. La palabra es en sí misma, fuerte; se queda, cuando la pronuncias, como estancada en la garganta: boj…Y es que hay nombres en los que parece que su sonoridad ya lo diga todo: fuerza, dureza, persistencia en el tiempo ¡Qué anacronismo si pensamos que hoy están tan arrinconados en el fondo de los armarios como nuestra memoria!; y sin embargo cuántas horas por un metro de encaje, cuántos pensamientos encerrados tras el dos sobre el tres y este sobre el uno…cuántos miles de bolillos de mano izquierda a derecha, con paciencia, con método; cuantos movimientos equilibrados siguiendo un compás, cuántos sonidos detenidos por agujas con cabeza de color: rojo para el primer paso, verde para el segundo…Y el peso del mundillo sobre la falda un día y otro; el peso de la paja de centeno sobre la falda de una mujer: todo un símbolo.

Hace años encontré un puñado de ellos, casi intactos. Cayeron al suelo con redobles. Ana, mi sobrina, los recogió con curiosidad.
- ¿Qué es esto?
- Son los bolillos de la abuela
- ¿Los qué?
- Bo-li-llos .Pronuncié despacio marcando la”ll”.Son bastoncitos, mejor carretes, en los que envolvían el hilo blanco para hacer puntillas.
- ¿Puntillas?...Si parecen palillos para tocar el tambor. No me imagino a ninguna niña haciendo puntillas con esto.
- No sólo lo hacían las niñas, también las mujeres mayores, las novias, las hermanas. Pronto o tarde, todas hacían bolillos mientras soportaban el mundo en su falda…
- ¿Qué dices del mundo?
- No hagas caso, son cosas mías.
- Y ahora ¿Para qué sirven?
- Depende de cada uno…
- ¿Qué quiere decir con “depende”?
- Que se pueden usar de muchas maneras.
- ¿De cuántas?
- De todas las que tú quieras…

Me miró incrédula haciendo oscilar las coletas, pero por si acaso se metió un par de ellos en el bolsillo cuando creyó que no la miraba.

Al recobrar la escena pensé que tú también, en alguna ocasión habías jugado con ellos en el interior del bolsillo preguntándote qué hacer. Y decidiste dejarlos reposar en el olvido, porque aún no era el tiempo. Y al pasar los años y volverlos a encontrar la mirada rasgó y leyó algo más…

Y fue entonces cuando te imaginé con el peso de un mundillo sin forrar sobre tu falda…Lo apoyaste con cuidado en la mesa de trabajo mientras rebuscabas en la carpeta de los bocetos sueños.
Empecemos, dijiste: cartulina azul satinada sobre un tejido de algodón…podría ser liso, estampado, con flores pequeñas. No, mejor liso. Tonos fuertes, quizá ocres: como las tejas que cubren las casas, como los cuencos de barro cocido, como la tierra sobre la que vivo. Sí, así quedará bien, nada mejor como base sobre la que edificar y crecer. Sobre ella el azul del agua profunda y del cielo que la cubre, ese azul casi imposible, válido por un instante y caduco ya al siguiente, éste, sí, el que se parece a aquellos forros de los libros del colegio que debían durar todo el año y se rasgaban al instante. No, así no, le falta brillo, luminosidad…Colocaré el de la línea del horizonte, el matiz en que se confunden los dos, ese, ese sí es casi imposible. Fijaré con unas puntadas la cartulina para que no resbale pues hay que afianzar el soporte sobre el que vamos a trabajar: Tierra, cielo y mar…pero cómo voy a atarlos si se escapan de las manos, si son tan inmensos que se desbordan…sólo si diluyera los puntos en el tono ocre, si los ocultara si fueran apenas perceptibles como esas pequeñas piedras que uno sabe que forman el camino sin apenas verlas…Anudaré ahora con firmeza los bolillos: paciencia, ritmo, trabajo, orden… actuarán como contrapeso equilibrando el conjunto.

Fue algo increíble, así, a distancia, mezclándolo todo un poco, ver, otra vez esos tres puntos focales que yo denominaría un tríptico de iniciación.
Espero, no obstante, haber leído correctamente. Hay, aún, mucho más, pero como a veces las claves se superponen y me suelo armar líos, como cuando de niña jugaba con el encaje de la abuela y los hilos se entrecruzaban sin querer, prefiero esperar. Si lo he hecho otra vez, también habrá sido sin querer. Y es que los niños siempre encontramos disculpas…


Recobré la carta hace ya tiempo perdida. Nada mejor podía simbolizar el esfuerzo inicial que cualquier obra o creación humana, por sencilla que sea, marca en sus inicios. La fuerza de esos tres elementos: tierra, mar y aire, a los que a fuerza de tenerlos siempre delante no solemos darles la importancia porque están ahí, porque no los ves de tan presentes que están y sin embargo cuánto influyen en nuestra fuerza interior, en ser como somos y en hacer lo que hacemos todos los días sin casi darnos cuenta. Nacer en un sitio te marca, quizás porque te envuelve con aromas diferentes. El aire que roza tu piel es húmedo o seco, cálido o perfumado. La tierra es gris, negra o roja, caliza, desértica o fértil, pero desde ella se edifica, se crea, aunque sea diferente hacerlo frente al mar o desde lo alto de una montaña vislumbrando un valle. Pero los inicios son iguales: tierra, cielo, agua y cierto fuego interior. Para mí son elementos imprescindibles para ir de dentro a fuera, para ver y sentir lo que te rodea de mil maneras, con cientos de ojos diferentes. Cada una de esas miradas conduce a un poema, a cierta composición pictórica, hacia esta o aquella necesidad por cubrir, a afectos, a sentimientos, a recuerdos, a fábulas…

Recuerdo un viaje en el mes de Abril que puede mostrar alguna de estas afirmaciones.

Un aire húmedo, que anunciaba tormenta, se esparcía desde la puerta hacia la sala de espera del aeropuerto y no contribuía, precisamente, a serenar los ánimos. Las conversaciones se mezclaban unas sobre otras y se iban diluyendo en un eco varado al fondo que hacía imposible su comprensión. Se veían algunas sonrisas esperanzadas y también abanicos.
-“El vuelo procedente de…” “No es el nuestro”. Un suspiro y un silencio momentáneo. Parecía que las voces fueran decayendo en esa espera que es de todos y no es de nadie. Los pasos que no llevan a ninguna parte, que giran sobre sí mismos para volver a empezar recobraron su ritmo habitual acrecentando mi impaciencia. Un niño dormía enrollado sobre sí mismo y a veces sonreía. Con las manos entregadas y los labios entreabiertos parecía apresar dulces imaginarios. Mis manos permanecían apretadas sobre sí mismas esperando la llamada y al oírla, la seguí como una autómata hacia arriba mientras sentí en la boca del estómago esa mezcla de placer y extrañeza por la pérdida de peso que te eleva anticipadamente.
Con los ojos apretados me sumía en la sensación vertiginosa de subir cada instante un poco más cerca de los tenderetes blancos.
Todos los años, a mediados de Abril comenzaban a llegar. Se colocaban primero en “La Plaça de dins” y a continuación se extendían como una mancha de aceite antes de precipitarse hacia “El Pont Nou”. Cubrían las aceras en un conjunto oriental de toldos claros bajo los cuales se abrían mundos de fantasía. Esos mundos nos alejaban de la severidad diaria marcada por el color azul del uniforme, las espesas medias de algodón y los abrigos marineros. Los libros sin fotografías, las blancas tocas y los rosarios interminables quedaban olvidados por unos días. Llegaba la hora del escape, de la música atropellada o serena, del ensueño, de revivir las gestas y sentirte parte de un pueblo que ama y respira. Llegaba la hora del olvido y del placer conseguido a través de la mirada. Llegaba la hora de clavar las manos en la arena del serrín para extraer una a una las joyas de un momento.
Todos los sentidos se despertaban en otro mundo. Abrías los ojos por la mañana y las figuras alargadas de las capas de lana colgadas de los barrotes de las cortinas te decían: “Ya están ahí”.Oías a los mayores en un entrar y salir febril de cintas, medias, metales, arcabuces, ajustes, dianas y montepíos, mientras toda la ciudad era un hervidero de notas apresuradas que te decían “ya llega”. Cada día uno menos para sentirte elevado hacia algo más genuino, para llegar a lo alto en un instante y bajar luego, asimilando, lentamente, en planeo sobre la ciudad entonces más que nunca viva.
Cuando lo sentí por primera vez, no tendría más de diez u once años y al analizar el hecho sólo recuerdo que al salir del colegio me había llamado la atención la blancura de un puesto de baratijas bajo cuyo toldo se esparcía un espeso montón de fino serrín. Pasaba en esos instantes poca gente y el espacio parecía agrandarse y perder sus contornos. Fue como un espejismo de dunas y arenas lejanas del que emanaba una fuerza interior que atraía con especial intensidad. Caminé hacia allí con lentitud, contemplando embobada cómo se tamizaba la luz exterior y me envolvía una atmósfera cargada de aromas dulzones y desconocidos.
No toqué nada, me imponía la mirada de aquel hombre moreno de enormes ojos rasgados verdes que con las manos en la espalda calibraba seguramente mi escaso poder adquisitivo. Aquel trozo de rojo que parecía singularizarse de los demás llamó mi atención. El hombre asintió y la apartó. Entonces dijo: ¡Házlo!. Clavé las manos riendo y dejé caer una lluvia de dorados, azules, verdes, rojos que parecían salir de la profundidad del desierto. Y entonces todos los colores se fueron fundiendo en uno solo desconocido y vibrante de luz. Y entonces supe que era parte de dos mundos que por unos días se unían bajo el tenderete en el que sobre un montón de serrín se podía leer “Todo a tres pesetas”.
Guardé el talismán. Aún llevaba su marca clavada en la palma de la mano al subir, treinta años después, aquella mañana de primavera, al avión.
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Regreso

Hace ya muchos años “El Sevillano” se detuvo una vez más con un estridente chirrido. Abrí los ojos enrojecidos por horas de intenso traqueteo y estiré las piernas queriendo recobrar una verticalidad olvidada. En el interior del departamento, el calor de finales de Junio arreciaba y del terciopelo de los asientos ascendía un olor ácido. El aire quieto pesaba.
Frente a mí un marinero, que apretaba con gesto mimético un enorme petate, parecía contemplarme con una mirada bovina. Volvía. Tan sólo la piel curtida por las brisas y el trabajo indicaban a las claras que su determinación era reciente.
Intenté bajar con cuidado la ventanilla para evitar el balanceo del pequeño botijo que, unido a una cuerda, colgaba del exterior y le ofrecí un poco de agua. Negó con la cabeza e intentó sonreír. Su intención quedó en una extraña mueca que le agrietó un poco más los labios y en los que vi una gota de agua y en ella, de un modo atropellado cientos de labios y pieles; ángulos de cuerpos unidos al suyo en breves ráfagas de tiempo que se imbricaban en un inmenso Buda hasta desaparecer. Me sobrevino un escalofrío, cerré los ojos asustada de mi osadía. Le miré deseando que no hubiera podido leer lo que pensaba.
Primero fue casi un susurro, como un leve sonido apenas perceptible, un hablar para no ser oído, después más y más firme… Sí, huía. Huía de ojos oblicuos, de manos que acariciaban siempre igual; se alejaba de los rituales comprados con horas de baldear la cubierta, reparar redes o preparar pescado. Quería olvidar el silencio que solía acompañar esos encuentros. Necesitaba hablar de sí mismo y sentir que alguien que pensara en su lengua le acariciara a él. Alguien a quien sus miedos y sus sueños le importasen…y necesitaba la tierra, pisarla, impregnarse de ella, ver sus límites, sentirse cercado, poseído. Dejar las noches marinas para sentir el aire frío y seco de su tierra interior. Volver a ver la pareja de águilas allá en lo alto y a su padre hablarle de ellas, de sus nidos inaccesibles, de las huellas del jabalí y de la escasa cosecha como eterno tema de conversación en las noches de invierno, mientras zorros y lobos acudían ante la puerta de la casa y la “tieta” cabeceaba sobre su labor de ganchillo…
Me acurruqué cuanto pude en un ángulo y escuché.

Y entonces las llamas alumbran la escasez de la cocina y se elevan rodeadas de pequeñas chispas que saltan y se esparcen: una y otra, una más. En los bordes diminutos candiles se agotan casi antes de empezar…y el fuego se aviva al abrir la puerta Tomás con un ¡Eh! ¿Qué se hace esta noche? Y revuelve la casa llenándolo todo y dejándose de oír todo lo demás.
-¿Qué hay en la montaña? ¿Revisaste los cepos?
-¿Qué traes?
-Tres zorros.
-¿Tres? ¡Buen año de pieles!, sentencia el abuelo, mientras continúa hablando de sus ovejas, y de los disgustos con las jinetas. Tomás le mira mientras come con apetito las tortas de pan ácimo que su madre va cociendo sobre una lata dejada caer sobre las brasas…

Esa era su necesidad. Borrar los olores fabricados por años de ausencia y sustituirlos por las aromáticas hierbas, remedio ancestral de torceduras y pequeñas llagas, con las que su abuela fabricaba un ungüento balsámico que todos buscaban al primer atisbo de dolor.

Aún la veo inclinada, como una bruja benévola sobre las pequeñas redomas de vidrio heredadas de su madre. Preparaba con sabiduría su pócima: una parte de aceite finísimo, el mejor de la cosecha anual, dos partes de romero que, apretadas hasta casi desbordar el recipiente, esparcían su aroma incansable. Tapadas muy bien y lacradas con cera las colocaba en un cesto envueltas con lienzo y las rodeaba con estiércol seco y caliente.
Venían entonces días de paciente espera para que el aceite absorbiera todo el aroma y se produjera el milagro; y un día las encontrabas ordenadas en los estantes de su particular botica señaladas con” una R” temblorosa, complicada e infantil que todos los del pueblo conocíamos muy bien como garantía de su excelencia.
El lugar que encerraba toda su extraordinaria sabiduría era un espacio de dimensiones reducidas e irregulares que el abuelo con escasos materiales y buenas dosis de ingenio había construido aprovechando el desnivel del terreno y la desproporcionada altura de la entrada a la cuadra.
Su orden y blancura prohibían la entrada a niños y mayores que, curiosos, esperábamos a que la abuela extrajera de la profundidad de su bolsillo aquella llave negra de hierro que abría sus dominios.
Admirados ante los enigmáticos tesoros que allí almacenaba abríamos la boca olvidado ya el dolor que tanto nos había asustado en un primer momento y aguardábamos pegados al quicio de la puerta. Tan solo
Cuando la veíamos en el interior con las manos cruzadas sobre su vientre, esperando, nos atrevíamos a entrar de uno en uno.
Se sentaba en una silla muy baja e iba alargando las manos para tomar de los estantes enlucidos aquello que consideraba más adecuado. Sus dedos con la ligereza propia de una profesión largamente ejercida, acariciaban al curar. Sus ojos brillaban al sonreír.
En una de esas tardes de mi infancia empezaron sus confidencias
-Abuela ¿Por qué he nacido aquí?
-El maíz es el culpable, pequeño. Y reía socarrona. La abuela me transmitía el erotismo de aquellas tardes de final del verano en las que alrededor de las montañas de mazorcas, alimentadas constantemente por los más pequeños, se entablaba un ritual de acercamiento entre los jóvenes.
Manos febriles, seguras, van dejando sólo las hojas interiores que se utilizan para trenzar las ristras. ¡Mazorca roja! Las miradas burlonas y envidiosas siguen al muchacho hacia una jovencita que oculta vergonzosa en su regazo otra mazorca…también roja…y las miradas se cruzan, las risas estallan y los niños elevan la voz contagiados por la algarabía, sin entender, pero intuyendo la rueda del doble lenguaje.
Sí vengo del maíz, la abuela no mentía. Vengo de un atardecer amarillo- ocre y también del pedregal, del roquero bajo el que habita el escorpión y se complace con el sol la víbora mostrando su señal de victoria sobre ratones y lagartos. Vengo del terreno abierto donde la liebre gris pimienta olisquea el aire antes de iniciar el camino para luego, alocada, dar marcha atrás y girar a la izquierda en rápido zig-zag…Vengo…

El tren había llegado a mi estación. El marinero continuaba hablando mientras yo recogía el equipaje. No me oyó. Deseé con todas mis fuerzas que encontrara así, como la recordaba, su tierra interior.
Ahora sé que él ya la había encontrado cuando yo le escuché.
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Punto focal

Poco a poco los miedos y las suspicacias desaparecieron. Pero costó.
Las gentes del barrio constituían un todo. Todos se conocían, sabían de la vida de los demás, de aquel hijo que murió de tuberculosis; de aquel otro que marchó y nunca más se supo. Los sueños, pequeños o grandes, nunca satisfechos, les conferían una unidad superior a todas las que había conocido. Eran como una piña en busca del respeto que les proporcionara la seguridad de la que se sabían escasos; por eso se defendían del recién llegado utilizando un lenguaje inexpugnable. Simplemente se defendían.
Vivían de profesiones poco usuales. Al mezclarse unas sobre otras proporcionaban al entorno un sabor propio del mejor zoco: mercenarios de sangre, zapateros, la modista de muñecas y el eterno “triqui-trac” de su máquina de coser. El bodeguero y la “cantaora” vivían en el número 15, sobre la tienda del herbolario. Al lado cuatro prostitutas y su chulo, un médico de venéreas y la criadora de gatos y ya en la esquina, el tintorero y su hija violinista junto a un montón de niños, entre hijos y hermanos, que se pasaban el día con las narices pegadas al cristal de la “granja” de enfrente para desespero de la Roser y sus manías de limpieza.
No sabía cómo entrar en su círculo y ni siquiera si me aceptarían o no. Acabé por decidir que el silencio o la sonrisa eran un buen camino e intentaba colocar en el rostro la mejor de ellas a la vuelta del trabajo para saludar con un “Hola” a la Xaviera, que con su bata acolchada y los restos de maquillaje esparcidos aún por en el rostro, se asomaba a la acera hacia las dos del mediodía.
Una de las veces me miró con extrañeza y musitó sonriendo: “Hola, chiquilla, Tú y yo vamos al revés”. Noté como un dejo de envidia en sus palabras que no pudo ni quiso ocultar y fue entonces cuando supe que ya vivía allí y que les pertenecía de alguna manera.
Fue Xaviera quien me presentó a Virtudes y Virtudes quien me invitó a su boda. Aún hoy hablar de ellas me produce un sentimiento contradictorio entre el cariño y el rechazo, quizá porque al recordarlas me parecen un solo ser partido por la mitad.
Virtudes era una mujer de apariencia frágil. Poseía un cutis en el que todo se reflejaba. En algunos instantes se podía percibir incluso los latidos de sus sienes. Su voz hacía desaparecer la prisa. Bastaba encontrarla en la droguería o en la farmacia de la esquina para que el tiempo dejase de tener su valor real y adoptara el que ella marcaba.
Ambas eran amigas de siempre, juntas salieron del pueblo, juntas buscaron sobrevivir sin estudios ni oficio en una gran ciudad y fue así como, supongo, llegaron a la prostitución. Pero como pareja eran un producto extraño. Creo que se odiaban de verdad, con ese sentimiento que da el saber que la otra tiene algo que te pertenece y a lo que ya nunca más podrás acceder porque ha dejado de ser parte de ti para ser de la otra persona. Este hecho se reflejaba claramente en un aspecto de su apariencia física: en los ojos.
Xaviera, alta y robusta, tenía un brillo de lloro contenido en la mirada que hubieras esperado encontrar en Virtudes y, por el contrario, esta solía ocultar una mirada chispeante tras unas gafas de sol que raras veces se quitaba. Esa mirada a punto de estallar de Xaviera se acentúo aún más cuando Virtudes se casó por la iglesia y de blanco “con un buen chico” de Don Benito, el cual, según se comentó en el barrio, la había dejado preñada.
Nunca acabé de creer realmente que las cosas hubieran sucedido así, y aunque sí lo fueran, mucho es pensar que aquel niño llegase a nacer de una constitución tan endeble. Algo muy fuerte sí que llegó a pasar entre las dos porque Xaviera desapareció poco después y nunca más supe de ella. De Virtudes sólo puedo decir que alguien le “robó” la boda.
El día amaneció horroroso. Llovía con fuerza, casi torrencialmente. Los coches circulaban con rapidez y al hacerlo levantaban a su paso oleadas de agua sucia que, al cubrir la calzada de parte a parte, se desbordaban sobre la acera. Mientras me esforzaba por esquivarlas de puntillas sobre los altos tacones de fiesta (poco importaban ya las horas de peluquería echadas a perder), sentía la humedad taladrándome los huesos y ascendiendo en punzadas dolorosas hacia la nuca. Por unos instantes pensé que nunca llegaría ante el enorme portalón en cuyo interior se agolpaban, sonrientes y secos, los invitados.
Con el paraguas como punto de apoyo salté el último obstáculo antes de precipitarme, ayudada por un escalofrío, hacia la primera puerta. Me desembaracé con rapidez del abrigo y no tuve tiempo para nada más, me quedé mirándola mientras a mis pies se iba formando un charco de agua.
Allí estaba, con el traje negro de los domingos. No se había permitido ninguna concesión, salvo el pequeño broche en forma de flecha, diseño de una época lejana, que brillaba aún en el cierre del escote. Pero de todo eso me di cuenta más tarde porque lo que sobresalía fueron unos ojos llenos de vida. El resto de sus rasgos se diluían en la aureola formada por sus cabellos.
-“Lo estás poniendo todo perdido. Dame el paraguas y el abrigo. Dentro de unos momentos esto va a ser un enorme barrizal”. La voz firme y autoritaria de Víctor me devolvió a la realidad, pero no sé por qué ni siquiera inicié una disculpa, me limité a obedecer asintiendo con la cabeza mientras me preguntaba quien sería aquella anciana.
Se apoyaba levemente en el brazo de su hija y mientras sonreía decía:
-“Hoy me caso. ¿Sabes? Él se ha acercado y me ha dicho que…”
En los ojos que la miraban se veía tristeza, pero los de ella ríen aún hoy para mí como mil fuegos artificiales que estallasen a un tiempo.
-“Detrás de aquella columna con un gesto ha moldeado mi cuerpo con sus manos…y me he sentido tan viva”.Y es que los pequeños pies continuaban bailando en su interior una sinfonía que ya no existía, que quedó inacabada, pero que volvía para deshacerse y volver a empezar.
Al alejarse, las voces se incrustaron en las gargantas. Ojos que servían leyeron su sueño. Otros, avergonzados de una intimidad que no habían buscado, o incómodos al verse reflejados en una inocencia perdida, bajaron la mirada simulando hablar de otros temas. Sostenían copas muy antiguas, aunque aparentasen la inmediatez del presente.
El cruce de conversaciones conformó una atmósfera. La bruma creada por la humedad se despejaba en pequeños trozos creando luces y sombras, borrando rostros maquillados hasta la exageración, dulcificando siluetas al fondo del salón. Fue en ese tiempo suspendido entre el ahora y el entonces, en ese momento de silencio respetuoso cuando ella bailó. Se dejó llevar de la cintura hacia un lugar de su interior, hacia el lugar exacto en el que quería estar y que tan bien conocía
Intenté analizar tiempo después el poder de atracción que aquella anciana ejerció sobre mí; y de algo estoy segura: sé que sentí el abrigo del espacio caliente, anclado en un paisaje resguardado; que apuré ese instante como algo frágil. Lo tomé con fruición paladeando cada segundo en una plenitud extraña proporcionada quizás por el convencimiento de que no estaba perdida. Había encontrado el lugar exacto, el de aquella anciana de cabello blanco, que erguida en el centro del enorme salón, congregaba a su alrededor todo el bullicio de la vida diaria, los sinsabores, las alegrías, los ruidos y las carcajadas, pero también se insinuaban sonrisas y ocultos pensamientos…Todo ello lo observaba desde su tiempo y a la vez que nos elevaba hasta él después nos dejaba ir, libres.
Su imagen viene desde muy lejos a mi tiempo, pero está aún ahí como un punto focal, pero es tal su fragilidad que me da miedo alargar la mano para intentar alcanzarla. Se evade constantemente en una lejanía que me hace caminar hacia ella…mientras ella se deja llevar por la música que le ciñe la cintura.
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Angostura

Allí las mañanas empezaban también de color oscuro. Siempre me levantaba con el sueño pegado a los huesos y la fastidiosa sensación de que debía apresurarme. Sólo un café con leche mientras recogía con rapidez los papeles del último trabajo y me dirigía a la escalera tropezando con todo. Las paredes parecían venir a mi encuentro y con un solo resbalón salvaba los primeros quince escalones. “No es posible que exista una escalera más estrecha”, era lo que repetía todos los días mientras valoraba la ventaja de poder utilizar los codos para efectuar un adecuado frenado. En ocasiones debía dar marcha atrás para dejar pasar al vecino que en ese momento ascendía. Un lenguaje sobreentendido que no necesitaba de gestos ni palabras actuaba como “un ceda el paso” de obligado cumplimiento.
Al salir me detenía a contemplar por unos instantes la proximidad de los edificios. Su cercanía inspiraba cierto sentimiento de opresión que me hacía perder algunos centímetros que, bien es verdad, iba recobrando paulatinamente, como un juego particular al ir incorporándome a un espacio más abierto. Solía alargar esos instantes porque me proporcionaban una especie de dominio sobre mi misma y el entorno difícil de explicar.
Llegué a encontrar placer en pegar la espalda a la pared de un edificio y notar cómo el frío penetraba a través del abrigo; mirar primero a los lados e ir ascendiendo la vista con lentitud mientras me aproximaba a la acera de enfrente con pasos medidos…es como si la casa caminara detrás de mí inmensa y llena, y yo la ayudara en su unión con la de enfrente formando un arco irreal.
Después corría hacia la plaza buscando el sol y el calor para, casi sin interrupción, mezclarme con la legión de autómatas que bajaban con celeridad las escaleras del metro. La homogeneidad en el movimiento de sus pies se convertía en un ritmo de taconeo. Uno, quince, cincuenta, me adelantaban tropezando con mis hombros, ahora el izquierdo, otra vez, ahora el derecho, como queriendo ocupar mi sitio. Reducía yo entonces la velocidad para notar como crecía la irritación y se extendía por el túnel, pero no por eso interrumpían ellos su ritmo que mantenían hasta llegar a la concentración que ya les esperaba al final del andén.
Miradas al reloj, movimientos de impaciencia, barbillas alzadas para intentar ver por encima de las cabezas de los demás, como si se pudiera acortar la espera con un simple deseo. Más tarde, algunos reiniciaban el sueño perdido, otros repasaban la agenda o daban el último vistazo a los apuntes del examen.
Sí, las mañanas eran de color oscuro. La media hora de metro alargaba la noche y permitía pensar e incluso soñar.
En aquellos primeros días mi obsesión consistía en la presentación periódica de unos informes de los que cuestionaba no sólo su utilidad última: conseguir, decían, un mejor ambiente en las aulas; sino incluso la primera: la permanencia durante un curso en ese tipo de centro.
Lo cierto era que con informes o sin ellos no había manera de conseguir un ambiente que se pudiera considerar como normal. Me molestaban “los chivatos” conectados, engendros mecánicos que ejercían sobre todos los profesores un espionaje descarado. Aquello representaba el triunfo de una incipiente tecnología al servicio de una censura subliminal. No lo decían, pero era así. Coartaban la libertad sin prohibir. La explicación de cualquier tema se convertía de ese modo en una filosofía del no poder, del NO con mayúsculas. Día tras día esperaba, intuía, creo que con cierto placer anticipado, el aviso: “Señorita a dirección, por favor”, mientras veía a las alumnas con una seriedad impropia de su edad, con una compostura pasada ya de moda ¿Escucharían? ¿Sentirían también la angustia y la estrechez del espíritu? Pensé al principio que no y añoraba mis primeros alumnos chicos y chicas de carcajada abierta y ágil fantasía.
Años atrás, a la misma hora que el metro me dejaba en la última parada, subía corriendo la cuesta hacia la plaza para verles llegar desde todos los rincones del valle. Entraban despiertos, bulliciosos, con ganas de hablar y reír; de hacer partícipes a los demás de cualquier anécdota que por el camino hubiera ocurrido. Sin transición pedían:
-Hoy más de los griegos ¿Vale?
Supongo que hubieran querido que no existiera otro tema: Tales, Anaximandro, agua, cosmos, caos, átomos y fuego. Horas de ensueño, de volver a la infancia y preguntar hasta la saciedad por qué, por qué, por qué.

“De allí mismo de donde las cosas brotan, allí encuentran también su destrucción, conforme a la ley. Pues ellas se pagan mutuamente expiación y penitencia por su injusticia conforme a la ordenación del tiempo”
Encontré el fragmento de Anaximandro sobre mi mesa aquella última mañana. Estaba copiado con cuidado, con una caligrafía que guardaba aún rasgos infantiles, y bajo él, como apoyándolo, una afirmación y una pregunta: “Somos La Tierra. ¿Se apunta?”.
Sí, chicos, me apunté con vosotros a los atardeceres de maíz y también a los roqueros llenos de víboras y alacranes; a los terrenos abiertos donde las liebres olisquean el aire antes de iniciar el camino para luego, alocadas, dar marcha atrás y girar ora a la derecha, ora a la izquierda en rápido zig-zag. Me apunté porque somos peñas y riscos, abetos y encinas, porque estamos embadurnados de mantillo y unidos a su tierra negra en el aroma del romero.
Sí, desde entonces fuimos cómplices en una lucha contra la estrechez y oscuridad, contra todo lo que significara no sentir, el callar frente a la injusticia, el no luchar por conocer el por qué de tantas cosas y el cómo eran posibles muchas más…
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Ruina

Se accedía a la escalera directamente desde la acera. Como un túnel se elevaba hasta el segundo piso sin interrupción, tan sólo una puerta, hacia la mitad del tramo, indicaba que se había llegado al primer piso. Treinta escalones, combados en su centro, iban marcando una ascensión casi dolorosa, y luego en ángulo recto continuaban hacia arriba.
A veces, el rostro céreo de “La Montse” asomaba al oír los pasos acompasados, y después de una muda sonrisa cerraba la puerta mientras hacía lo posible por ocultar su tos cavernosa.
Un olor a humedad cereal ascendía desde el sótano y se diluía al mezclarse con el de la pintura ajada que se desprendía con facilidad de las paredes maltratadas por siglos de pobreza sin remedio.
La humildad de la fachada se mostraba en toda su profundidad al inclinarse hacia la callejuela con un movimiento entre reverente y cansino. Su aspecto era el de una anciana que, vencida sobre la tierra acogedora, sigue caminando aunque sólo vea las puntas de sus pies y las de los transeúntes que al intentar evitar el balanceo de su cuerpo bajaran de la acera.
Raída, desnuda de cualquier ornamento, del más mínimo atisbo en su historia que la hiciera diferente, iba sumando año tras año en su interior: trabajo, hambre y sueños que tan sólo ella sabía imposible de realizar.
Juan, el zapatero de la buhardilla, murió una noche de verano en la que Las Ramblas rebosaban de un gentío variopinto. Una noche en la que las lenguas se hacían una, una noche de cuerpos sudorosos y húmedos rozándose en intentos de caricias en búsqueda del límite. Todos, como una masa compacta, se movían alrededor de una rueda infinita. Se buscaba la brisa que, a pequeños intervalos, llegaba del puerto y el único objetivo parecía ser dejar pasar el aire para purificar un ambiente de herrumbre. Faldas largas, cortas, sombreros negros, trenzados cuerpos casi desnudos;
Niños con ojeras vociferaban con periódicos bajo los brazos. Cientos de turistas, braceros, curiosos, putas, familias, una vieja con un clavel blanco en el cabello: “La Marieta”. Todos, mezclados en un caos ordenado cubrían los tenderetes de flores de los que surgía una incipiente fetidez y esperaban que desde el horno de la esquina surgieran las primeras ensaimadas recién hechas. Entonces, se abalanzaban sobre ellas soplando y haciéndolas saltar de sus manos con gestos que aceleraban la gula mientras intentaban evitar la quemazón. Al final el aroma de la canela se sumó a los demás.
Pensé en el trabajo que me esperaba sobre la mesa desde los últimos días de Junio. Las gruesas paredes del rincón donde tantas tardes de invierno pasaba acurrucada con un libro en las manos parecían llamarme y volví.
Me adentré hacia “La Plaza del Pedró” mientras notaba un nudo de angustia y ahogo. Desde la esquina se percibían ya los balcones abiertos. Me adentré en el portal e inicié la ascensión. Alguien lloraba con sollozos profundos como si no quisieran ser oídos, pero su crueldad se percibía, eran sollozos de miedo pegado a la carne que a intervalos se interrumpían para volver más duros e intensos.
-“Juan, Juan ¿No me oyes Juan?”. Y la voz se rompía y el llanto continuaba.
Envuelto en una sábana, mezcla de sudario y pañuelo mandadero, con un ritual herido ya por el paso del tiempo lo bajaron por la escalera. Un hombre fornido delante y otro detrás, sostenían los extremos con firmeza. Era imposible en esas condiciones la rapidez y el descenso se convirtió en un último suplicio esperpéntico.
A medida que Juan pasaba las puertas se abrían de par en par. Los rostros y los ojos y los pies permanecieron inmóviles justo en el umbral. Dejaban lugar para que el cortejo pudiera girar.
Un chillido de incomprensión y terror del pequeño de los Llovet se esparció por toda la casa y la hizo gemir y vibrar con un extraño timbre de rebeldía.
Durante dos años esa fue mi casa. Podría llegar a decir que fue un hogar increíble en muchos aspectos. Su apariencia de pobreza era tal que ninguno de los conocidos de aquel entonces creyó en la posibilidad real de que viviera allí. Al llegar ante la puerta sentían que la dirección era incorrecta, y sin atreverse siquiera a pulsar el timbre marchaban.
Tal circunstancia lejos de proporcionar incomodidad alguna presentaba por el contrario alguna ventaja: era un seleccionador inmejorable de amistades y evitaba visitas inoportunas No obstante nunca me atreví a juzgar con demasiada frivolidad esa actitud porque las primeras noches allí fueron deplorables. Cerraba la puerta con todos los cerrojos imaginables buscando una seguridad que parecía inalcanzable. Sentía la extrañeza de un mundo que creía nunca había sido el mío y evocaba los espacios abiertos y la visión de las montañas donde había nacido como bálsamo a mis miedos. Acurrucada en la cama sentía los pasos de los vecinos, imaginaba que se detenían ante la puerta para escuchar mi respiración entrecortada por el miedo y esperaba el momento de verme envuelta en una situación sin salida.
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