Los espacios rodean un patio cercándolo. Los muros obstaculizan la visión desde los laterales. Hay oscuridad aquí en el interior, luz en el exterior.
¿Desde donde escribo? No es fácil dar con una respuesta adecuada, porque el aquí y ahora aún no es válido, es un cobijo obligado por un desplazamiento. Escribo desde otro aquí, al que me lleva al allí de entonces para poder explicar como se convirtió en algo esencial el discurrir de aquellos años. Es desde la urgencia que surge al intentar atrapar desde la tierra de alguien el ahora y el unirlo con el allí de entonces, y volver a vivirlo sin falsos pudores, aceptándolo como fue y es aún en la intimidad.
Por mucho que me digan que el mirar atrás es no aceptar el aquí y ahora de nuestra realidad.
Algo así me ocurrió con la anciana de la boda, pero en ese caso casi lo desconocía todo, salvo dos tres detalles de aparente insignificancia y por mucho que indagué en aquel entonces nunca supe con certeza quién era. Acabé construyendo una historia no sé si a su medida, pero sí a la mía. Llegué a impregnarme de ella tanto que acabé por confundir los espacios y el tiempo en una búsqueda de mis raíces, del por qué de mis sueños y también de los terrores nocturnos, en un quehacer continuo que implicaba un dar vueltas y vueltas buscando en el transcurso de los días esa identidad que tanto nos cuesta reconocer y aceptar como nuestra.
Hoy, que me considero una mujer de ciudad, no sólo porque nací en una de ellas sino porque las he llegado a amar a fuerza de sufrirlas, quisiera saber por qué construí aquel sueño y quisiera aprehenderlo desde el amor que siento por su suciedad y su limpieza, desde los desconchones mezclados con los “grafitis” hasta la humedad que asciende desde las calles recién regadas. Quisiera entenderlo desde la rebeldía, desde el andar sobre el asfalto con fuerza y notar cómo se moldea bajo los pies; desde el asombro, aún, al contemplar los reflejos metálicos del adoquinado que se intuyen bajo los rayos del sol. Y así entre los olores que surgen de las alcantarillas y se mezclan con los de las comidas de los vecinos, los humos de los coches, el aceite de la máquina que taladra la acera y el respirar entrecortado de un niño que no quiere comer, sentir y entender a un tiempo.
Y después seguir viviendo igual, en el 5º, en el 3º o en el 4º, sobre otros, debajo de unos, según se mire; como en una pequeña caja ordenada que se coge bajo el brazo y se lleva allí donde la necesidad de subsistir te lleve. Siempre habrá para mí personas arriba, personas abajo, niños y ancianos en el sol de un jardín; obras nuevas, prisas, velocidad, tiendas con toldos y flores, gente que lee el periódico sentado en un banco, en el bar, en el metro y a veces conversan en un tono repetido los mismos temas.
Esperaré así el parpadeo de las luces eléctricas que al conectarse anuncian el atardecer y me levantaré con el timbre estridente de un despertador. Hasta el final.
Es esa viscosidad que genera la vida ciudadana con sus quietos edificios y su bullicio exterior, ese continuo contraste entre dentro y fuera, entre la inmovilidad y el bullicio, entre la soledad y la multitud la que me tiene sujeta, como hechizada para siempre y es desde ahí desde donde quiero recordar para escribir.
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