jueves, 20 de mayo de 2010

Elemento ocasional y cambio de nivel

Si en Barcelona existe un lugar que marca la separación entre los mundos ese es el Paseo de Gracia. A caballo entre un siglo y otro, producto de una burguesía que no supo ni quiso ocultar su riqueza, se muestra aún a todos nosotros como un cuento en que el mazapán y el turrón son sus principales ingredientes.
Descubrí su especial armonía fantástica en la primavera del 71, y la primera impresión fue que ante mí se alzaba un universo de características infantiles. Sé que algunas rectificaciones arquitectónicas, menos que más conseguidas, son la causa de que el primitivo paisaje se muestre hoy modificado y no obstante el impacto subsiste aún.
Aparentemente no faltaba nada: fachadas irreales parecían surgir, como por encantamiento, de las manos de algún ser alado; guirnaldas de flores se esparcían al abrirse como gruesas gotas de lluvia salpicando sus portadas, creando sueños de testeros escalonados, mientras las pieles de animales prehistóricos, convertidas en piedra, esparcían sus rugosidades ancestrales ondulando los tejados y envolviendo la estructura.
Los balcones, semejantes a antifaces o máscaras de carnaval, permanecían incrustados como un anuncio repetido de fiestas placenteras, en las que el cruce de miradas guardaba secretos de un tiempo galante.
Un minarete, como un resto óseo, se alzaba hacia texturas de lagarto y sobre caparazones y únicamente las vidrieras tamizaban la luz que golpeaba las fachadas.
En el exterior no se veían coches tirados por caballos, ni las señoras saludaban o bien se hacían las distraídas sobre el landó, ni las joyas brillaban ya en el vértice del escotes generosos. La capa del varón había desaparecido, al igual que las plumas que surgían de casquetes inverosímiles, pero permanecía el encanto de un ambiente muelle y blando, ambiente de almohadas y larga boquilla nacarada en labios de corazón, mientras una tenue música dulzona y fácil penetraba los rincones dejando la mente perezosa para todo lo que no fuera el disfrute del breve instante perfumado.
Se hacía allí lento el caminar entre esa decoración desproporcionada para un mundo que había cambiado ya. Pero allí estaban las casas mostrando mensajes de otros tiempos a nosotros, que con pantalones vaqueros, faldas largas, flores en los rizos y barbas de seudo poetas, hacíamos golpear con fuerza los bolsos en bandolera y paseábamos de otro modo y con otros modos por sus aceras.
Contemplábamos sus fachadas hablando de Marx y Engels, en medio de profundas y complicadas disquisiciones filosóficas que no recuerdo bien, pero que nos llevaban a las más peregrinas autoafirmaciones y compromisos futuros. La crítica sin pudor por el exceso era generalizada mientras analizábamos con ojos, que querían ser expertos, las personas que entraban y salían de los selectos comercios instalados en sus plantas bajas. Los catalogábamos inmediatamente como abogados, notarios, médicos o industriales ricos, y ahí acababa la discusión: ricos y punto silencioso. ¡Cómo nos parecíamos a los hijos-hermanos del tintorero y la violinista con nuestras narices pegadas al cristal!
El grupo que utilizaba Las Ramblas o El Paseo de Gracia para las conversaciones y paseos no era homogéneo y cambió con las estaciones o con el devenir de los acontecimientos políticos. Cada uno tomó su rumbo, unos aceptaron los compromisos con más o menos rectificaciones, amoldándolos a sus posibilidades; otros quedaron anclados en la teoría sin edificar nada sobre ella; unos terceros olvidaron por completo sus sueños vendiéndose conscientemente al mejor postor y por último hubo alguno que simplemente no se atrevió y huyó.
Encontré hace unos días en una cafetería donde suelo desayunar a uno de los primeros componentes de aquel grupo tan “evolutivo” y curiosamente no le reconocí, aunque durante meses su mirada inquisitiva llamara mi atención. Era una de esas miradas extrañas, como un grueso espejo que devolvía una y otra vez la misma pregunta imagen. Las canas de las sienes, peinadas con una desenvoltura exenta de acicalamiento y cierta aparente indiferencia en el vestir acompañaban una personalidad que en principio me pareció atractiva.
Todas las mañanas entraba sobre las diez y pedía un coñac Torres de 10 años. Seguidamente abría el periódico. El pasar de las hojas era comedido. No se detenía nunca, apenas mostraba interés, pero día tras día, como un ritual volvía al mismo sitio, a los mismos periódicos, a las mismas noticias. Siempre la misma indiferencia ante una crisis económica, la misma abulia ante la nueva invasión de embajadas o frente al último crimen. Página a página iban cayendo las hojas leídas con inconmovible frialdad.
Durante muchos días lo observé con detenimiento, llegó a ser un poco obsesiva la espera diaria que me llevaba allí incluso intenté un día medir el tiempo que tardaba en pasar cada una de las hojas. Observé sus ropas, sus minúsculos gestos buscando las claves que mantenían mi curiosidad.
Hace tres días creo que me miró al salir. Noté como un aire de sorpresa y por un instante pensé que me iba a hablar, o quizás a saludar, pero algo le hizo desistir del intento, volvió a recobrar su personal actitud y salió.
La verdad es que no me disgustó el haberle sacado por un instante de su impasibilidad. Ahora sabía que yo estaba allí y la próxima vez me reconocería como alguien que compartía en silencio unos momentos diarios; pero esa mirada de sorpresa no dejaba de rondar por mi cabeza una y otra vez, por fin le recordé e intuí que no volvería a verle más. Era uno de los que simplemente no se habían atrevido. Quizá se sintió descubierto o una vergüenza desmedida ante alguien que le recordaba, con su sola presencia, aquellos días de juventud le había impedido esbozar el más elemental saludo. Fuera como fuese se había convertido, por uno de esos azares imprevistos, en una circunstancia doblemente casual de mi vida y ni siquiera eso había podido aceptar.
Este suceso me ha hecho pensar que existen tantos factores casuales que impiden la acción que normalmente desearíamos realizar que es un milagro que alguna vez nuestra voluntad se cumpla, y eso abarca desde el hablar o reír hasta el conocer. Vamos caminando y una valla nos veta el sendero que seguíamos o un seto nos marca la diferencia entre dentro y fuera. Esos setos, vallas, compartimentos, números, niveles, no los coloca nadie más que nosotros mismos, en un intento de cercar el dominio sobre aquello que creemos nos pertenece. ¿Somos conscientes de que al hacerlo nos separamos de los demás a la vez que impedimos o ponemos trabas a nuestra voluntad? ¿Somos conscientes de que entre nosotros puede acabar quedando simplemente la unión que provoca la visión puramente contemplativa?
Es el mismo efecto producido por aquellos edificios del Paseo de Gracia que nunca podré considerar como “nuestros”. Están vallados, cercados por una impronta tan personal que impide el conocimiento profundo. Y no quiere esto decir que no se encuentre placer estético en su equilibrio, en las proporciones extrañas de sus espacios o en los fuertes contrastes que genera, sino que quedará siempre en él un aspecto oculto, algo velado por descubrir, un misterio por resolver que sirva como espoleta de la curiosidad que siempre genera lo ajeno.
Es la misma espoleta que sentí al reconocer a, vamos a llamarle Diego. Fue como si con las manos hubiera apartado un trozo de seto que impidiera la visión y lo que se presentara ante mí no fuera reconocible; como si la puerta apenas entreabierta dejara vislumbrar un interior en penumbra lleno de esbozos incompletos. Cuando quise y pude reaccionar la puerta volvía a estar cerrada y el seto ordenado.
Y no obstante a veces saltamos las vallas, abrimos ventanas de nuestra intimidad y dejamos que se viva en y desde nosotros el secreto. Pero es sumamente difícil percibir cuándo el otro abre la cancela o derriba el muro. Solemos pensar que está ahí, que se alza ante nosotros insalvable. Y cuando nos damos cuenta que por un instante la cerradura ha cedido, ya ha pasado el momento.
Pero la importancia de aquellos paseos en nuestras vidas es algo evidente, tanto que llegaron a tener presencia física en las conversaciones, y marcaron el futuro de muchos de nosotros. Aunque entonces eso no importara mucho ni siquiera dónde ni con quien nos encontráramos, lo cierto es que al subir por el Paseo de Gracia íbamos sintiendo la fuerza de la imaginación crecer con empuje, y aunque los temas intentaban ser objetivos, serios, derivaban con facilidad hacia la utopía. Se ascendía hacia lo desconocido, hacia una aventura creativa de final incierto, hacia lo irreal. Esa aventura tenía su origen en una especial responsabilidad ante una humanidad vejada y maltratada en la que unos pocos tenían mucho y los demás muy poco o nada. Elucubrábamos entonces sobre los medios o procedimientos más adecuados para transformar el mundo y convertirlo en otro distinto donde la abulia y el conformismo, el aburguesamiento y la apatía, fueran conceptos rechazados por una mayoría. Creíamos en nuestra fuerza interior como elemento suficiente e imprescindible para hacer que las cosas cambiaran hacia otra cultura hacia otra manera de ver y hacer las cosas.
A medida que bajábamos hacia las Ramblas el círculo se iba disgregando en otros más reducidos y la conversación se hacía lenta, íntima, de temas a flor de piel. Se iniciaba el otro juego, el de tú-yo, al poner en la probeta de lo cotidiano aquel idealismo de conjunto desprendido que poco tenía que ver con la realidad del día a día.
He visto el amanecer en las Ramblas abrazada a mi compañero. A mi lado se comentaban las primeras noticias del día: Muerte y destrucción en Pakistán .El “estilo campestre” de la próxima moda de primavera y el aumento de parados en la provincia de Barcelona…recuerdo las tres noticias en bloque, varadas en un ahora que se alejaba tanto de lo mitológico como del compromiso. En esos momentos oía sin escuchar, sólo importaban las manos largas y cálidas que me sostenían en una realidad querida y elegida. Las sentía subir y bajar por la espalda diciéndome con su lenguaje que ya éramos dos.
Años después entré también en una de esas casas “especiales” del Paseo de Gracia para facilitar la llegada al mundo de un hijo. La luz filtrándose a través de un conjunto increíble de colores se unió a los latidos de su corazón y supe que no habría para mi vida otro sitio en el mundo donde mejor se pudiera fundir el deseo de un mundo nuevo y su plasmación en la realidad.
Aquel lugar sabía de todas nuestras contradicciones y luchas, nos había oído, y devolvía la oportunidad con un cambio de nivel, porque ¿existe acaso un cambio más radical que el nacer?

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