lunes, 8 de marzo de 2010

Aproximación a Turó

El director (aproximación a Turó)



El pertenecer al pequeño grupo de personas que tenían acceso a las veladas de los jueves fue, durante mucho tiempo, un objetivo insatisfecho. Pero hoy podía afirmarse no sólo que lo había conseguido, sino que su presencia se había hecho necesaria en el antiguo caserón de la Plaza Mayor.
Le esperaban con ansia disfrazada bajo una aparente indiferencia y desdén en sus actitudes. Mientras aguardaban su llegada, solían comentar la última habladuría, una herencia, aquel escándalo en la fiesta del casino…y todo por callar lo que en realidad esperaban. Sólo en sus ojos podía adivinarse cierta malicia al conocer el descalabro sufrido por algún amigo en sus inversiones, pero si el temor a un desastre económico que les sacara de su habitual bienestar, pasaba por un instante por sus mentes, intentaban ocultar el escalofrío tras una carcajada o gesto de aburrimiento. No querían pensar, ni siquiera suponer qué hacer en un caso similar. Y sin dilación daban paso a rápidos vistazos al reloj de la consola. Intentaban acortar con el deseo los momentos de su tardanza. Nadie hablaba de sus visitas, ni de lo que en ellas ocurría. Simplemente aguardaban el sonido de la puerta principal con los rostros vueltos hacia el fondo del salón. El resto carecía de importancia frente a la avidez de la espera.
Cuando él llegaba, los contemplaba desde el umbral mientras se iba desprendiendo, con lentitud impúdica, de sus guantes de piel. El leve chasquear de ellos sobre su palma izquierda iba marcaba el final de un tiempo y el principio de otro.
Solía iniciar la conversación. Su voz pausada y grave, atraía las miradas provocando un silencio momentáneo que se extendía por la habitación en penumbra. Era el preludio de algo intangible, como un soplo que una brisa arrastrara hacia la vorágine que se avecinaba. Y, de pronto, la chispa se encendía. Una discusión atropellada brotaba a borbotones de las gargantas: Antonio, con vozarrón de fumador, sacaba a relucir toda su hipocondría, mientras Cosme emitía juicios políticos entresacados de la últimas editoriales y Teresa dejaba volar libre una vena de imaginación artística consecuente tan sólo con su físico…Nada importaba demasiado…Él se iba alejando hasta quedar como mero espectador de aquello que había provocado y lo contemplaba con la fruición propia del especialista que vislumbrara a su alcance el objetivo marcado.
Al inicio de la sesión, las voces se confundían provocando monólogos que se anudaban arriba en uno solo para descender después, disgregándose en pequeñas notas dispares. La atmósfera se cargaba de sonoridad. Eran instantes experimentales. Los gestos se superponían y bien negaban con vehemencia lo que en un instante anterior habían afirmado con similar fuerza, bien picoteaban en el monólogo del otro introduciendo una palabra-respuesta que se convertía en nota complementaria. Las miradas se cruzaban descubriendo los más ocultos pensamientos y dejaban sus almas al desnudo ante la mente de Turó .Él se recreaba con el espectáculo.
Apoyado en un bastón de cedro con empuñadura de plata labrada, que parecía usar más como signo visible de su jerarquía que como soporte de su endeblez, iniciaba apenas una sonrisa sarcástica y esperaba…esperaba siempre el momento de destruir para volver a rehacer. Pero ahora desde otro ángulo.
Un movimiento ascendente de la mano y una inclinación de cabeza marcaban el instante. Los tres pares de ojos le observaban con atención mientras las palabras brotaban lentas, pausadas, queriendo imprimir un final de ensayo y “volvamos a empezar”.
-“Desde aquí ¡No! Un poco más adelante…Sí… desde aquí, pero con más fuerza. Hay que reflexionar con energía y conjuntamente. Debemos imprimir a las ideas el sustrato suficiente para hacerlas vibrar al unísono. Sí, decididamente desde ahí…” Y su voz se apagaba para que el aire se llenara de sonidos ininteligibles, de una extraña armonía que iba conformando poco a poco su concierto.
A intervalos, con la mano extendida en actitud de demanda, otorgaba la palabra. Y esta brotaba a raudales apurando los instantes de su momentáneo liderazgo, como si al intuir la puntualización, el matiz deseado por el autor, quisiera evitar la visión del pulgar y el índice unidos en una orden que no, por conocida, resultaba evitable.
En otras ocasiones imprimía a la conversación un ritmo de cámara lenta, y lo mantenía más allá de la posibilidad real de su articulación en una especie de suplicio auditivo. Se podría decir que su dedicación alcanzaba cotas de virtuosismo. Esperaba aquellos atardeceres como expresión de su poder. Un poder casi maléfico que conocía y ejercía con maestría sobre “su trío. Es cierto que cada uno de ellos por separado carecía de la suficiente riqueza armónica para erigirse en un instrumento personalizado; pero en conjunto, los tres, guiados desde la poderosa unidad conseguida por delegación, formaban un mecanismo cuya existencia estaba condicionada a la temporalidad de sus visitas.
Cuando la amplitud de las vibraciones hería su sensibilidad, se apartaba hacia el extremo opuesto. Buscaba el lugar más adecuado desde el que su oído las pudiera impresionar con mayor nitidez.
Al ir la sinfonía “in crescendo” entornaba los ojos con placer, esperando el momento álgido con una anticipación que hacía oscilar su pecho a ritmo acelerado. Los latidos de su corazón se unían al conjunto en la antesala de la apoteosis. Sólo él los oía. Era una obra irrepetible, podía sentir su vibración, vivirla en su grandeza y quedar inédita para sus intérpretes.
El existir de aquellas reuniones se complementaba con el eco que el viento promovía en las salas vacías del piso superior. A menudo el canto de un pájaro quebraba el silencio de una pausa al colocar su nota como contrapunto.
En las tardes lluviosas los sonidos casi articulados de las gotas sobre las baldosas de la entrada, proporcionaban un telón de fondo que escapaba a la estricta voluntad del creador, pero que él incorporaba al conjunto aceptándolos de antemano al ir incluidos en el lugar elegido para realizar su obra.
Aquella tarde ensayó dos, tres veces. Jugó con ellos como nunca hasta entonces lo había hecho. Paró y volvió a empezar. Cada vez interrumpía con mayor premura. Sabía que era la perfección, que su placer estaba ahí, más y más cerca, creciendo junto a una presura que se hacía dolorosa y desgarraba por dentro, pero una sólida coraza lo cerraba al exterior impidiendo que escapase. Todo el placer era suyo, el placer a escondidas de un coleccionista de almas, de un director de gestos. Y en aquel momento supo que la obra, manejada a su antojo, era ya.
Y Turó llegó.
Una extraña placidez le invadió. Ni un pequeño movimiento se podía observar en su semblante: los músculos distendidos, las manos abiertas como un niño dormido en el regazo de su madre cuando está satisfecho. Su respiración se incorporó al silencio de la habitación poco a poco.
Los tres instrumentos, abandonados por su intérprete, restaron mudos, sin capacidad de reacción. Parecían muñecos inertes, títeres que esperaban que alguien les hiciera vibrar de nuevo. Teresa cabeceó. La boca abierta de Antonio inclinaba el labio inferior hacia la solapa. Cosme, con la mirada inmóvil parecía lejano.
Con una lentitud calculada recogió los guantes y el bastón. Salió de la casa sin decir palabra. A su espalda el sonido de la puerta al cerrarse sonó definitivo.