CARMEN PASTOR (SEMBLANZA)
Es sabido que las dos únicas formas que tenemos los humanos de elevarnos por encima de nosotros mismos y participar en la divina tarea de la creación son el Pensamiento y el Arte. Son las alas para volar y poder salir del corral en el que al resto de las aves se les han atrofiado de no usarlas, quizá porque creen que no las necesitan y se contentan con el pienso y el horizonte del corral. A Carmen Pastor (Alcoy, 1945) le gusta volar y eligió la filosofía y la literatura. En lo tocante a la filosofía se ha pasado la vida explicando a los jóvenes que ésta no es ningún rollo, sino la historia de los hombres que ansiaban volar; que no debemos tener miedo a pensar, pero que hemos de saber hacerlo. Me consta que como profesora de filosofía en los diversos centros donde ha estado ejerciendo la docencia ha enseñado a volar a más de uno.
Con respecto a las Artes, a la literatura, Carmen es una lectora empedernida y una escritora selectiva. Como lectora, todo le parece meritorio. En casi todos los libros encuentra algo bueno, digno de salvarse de la hoguera. Piensa que el mero hecho de escribir y publicar ya es un mérito en sí (todavía no conoce a fondo la facilidad con que hoy se publica en Internet, ni la basura literaria que ello conlleva). Como escritora, lo ha sido siempre para los amigos y para ella misma. Basta con repasar alguno de los manuales en los que estudió y leer sus anotaciones al margen, o sus textos subrayados. Se podría escribir mucho sobre ella con este simple ejercicio. Pero, a veces, quiere volar más allá y escribe cuentos y relatos para los amigos. Lo que más le gusta es describir sensaciones: de temor, de pena, de celos, de plenitud, de alegría, de amor. Sensaciones que percibe en el paisaje, en los colores y olores, en la luz. O las que le despiertan el resto de la gente cuando los conoce y trata. Pero, como ocurre en la filosofía, también hay que saber hacerlo. Por eso no dudó en seguir un curso en Madrid, con Juan José Millás, en los primeros tiempos de los llamados “talleres de literatura”. Allí aprendió a estructurar el relato, a jugar con aquello de “exposición, nudo y desenlace” precisamente para darle la vuelta si hace falta. Y es que la libertad creativa, en su caso, literaria, es el fin y el principio de toda obra artística. Si tenemos alas, que nos sirvan para volar por encima de los cercados.
Ahora, a punto de concluir su labor docente, dispone de un baúl repleto de apuntes con las sensaciones y experiencias que ha ido guardando durante muchos años, listos para revivirlos (escribir también es revivir, como enseñar es estudiar por segunda vez) y trasladarlos al papel o al universo cibernético. Tendrá que perder un poco el respeto hacia los escritores consagrados, aunque nunca a la Literatura.
José Luis Masanet (otro lector empedernido y su compañero)
Es sabido que las dos únicas formas que tenemos los humanos de elevarnos por encima de nosotros mismos y participar en la divina tarea de la creación son el Pensamiento y el Arte. Son las alas para volar y poder salir del corral en el que al resto de las aves se les han atrofiado de no usarlas, quizá porque creen que no las necesitan y se contentan con el pienso y el horizonte del corral. A Carmen Pastor (Alcoy, 1945) le gusta volar y eligió la filosofía y la literatura. En lo tocante a la filosofía se ha pasado la vida explicando a los jóvenes que ésta no es ningún rollo, sino la historia de los hombres que ansiaban volar; que no debemos tener miedo a pensar, pero que hemos de saber hacerlo. Me consta que como profesora de filosofía en los diversos centros donde ha estado ejerciendo la docencia ha enseñado a volar a más de uno.
Con respecto a las Artes, a la literatura, Carmen es una lectora empedernida y una escritora selectiva. Como lectora, todo le parece meritorio. En casi todos los libros encuentra algo bueno, digno de salvarse de la hoguera. Piensa que el mero hecho de escribir y publicar ya es un mérito en sí (todavía no conoce a fondo la facilidad con que hoy se publica en Internet, ni la basura literaria que ello conlleva). Como escritora, lo ha sido siempre para los amigos y para ella misma. Basta con repasar alguno de los manuales en los que estudió y leer sus anotaciones al margen, o sus textos subrayados. Se podría escribir mucho sobre ella con este simple ejercicio. Pero, a veces, quiere volar más allá y escribe cuentos y relatos para los amigos. Lo que más le gusta es describir sensaciones: de temor, de pena, de celos, de plenitud, de alegría, de amor. Sensaciones que percibe en el paisaje, en los colores y olores, en la luz. O las que le despiertan el resto de la gente cuando los conoce y trata. Pero, como ocurre en la filosofía, también hay que saber hacerlo. Por eso no dudó en seguir un curso en Madrid, con Juan José Millás, en los primeros tiempos de los llamados “talleres de literatura”. Allí aprendió a estructurar el relato, a jugar con aquello de “exposición, nudo y desenlace” precisamente para darle la vuelta si hace falta. Y es que la libertad creativa, en su caso, literaria, es el fin y el principio de toda obra artística. Si tenemos alas, que nos sirvan para volar por encima de los cercados.
Ahora, a punto de concluir su labor docente, dispone de un baúl repleto de apuntes con las sensaciones y experiencias que ha ido guardando durante muchos años, listos para revivirlos (escribir también es revivir, como enseñar es estudiar por segunda vez) y trasladarlos al papel o al universo cibernético. Tendrá que perder un poco el respeto hacia los escritores consagrados, aunque nunca a la Literatura.
José Luis Masanet (otro lector empedernido y su compañero)